dossier wilson bueno

Wilson Bueno nos habrá legado no pocos textos marcantes, innecesario aquí subrayarlos. ¿A quiénes, nos/as? Cuestión abierta. Por de pronto, para algunos/as, que, en la experiencia de la amistad –no exenta, a ratos, de filosas discordancias–, habremos vislumbrado la móvil radicalidad de su escritura. Textos marcantes no sólo o no tanto en contexto curitibano o brasilero o aun latino- y/o ladinoamericano. Textos marcantes abiertos al descontexto o al contexto por venir en cada textura en que sus marcas marafas se entrelacen, confluyan y vuelvan inéditamente a desarmar todo contexto predeterminado. Otra vez: Wilson Bueno nos habrá legado no pocos textos marcantes, innecesario aquí subrayarlos. Allende la necesidad y la innecesidad del caso, con todo (y nada), cómo no hoy subrayarlos, económica y/o dispendiosamente, cómo no saludarlos.

reynaldo jiménez / andrés ajens junio 2010

viernes, 25 de junio de 2010

bueno bueno malo
malo malo bueno
non kostumo falar maluko
menos ainda dos falessidos krepados assessinados
komo wilson
-aichinjàranga-
finales dos anos oitentas
foi kom.bidado pela universitê kurichiwana
wilson era jefe de la gavilla pandilla patota
juvenil poiêtika brasilienxis
dirigía nicolau
pidiô pra mim entrebista com livio abramo
depoîz elle fiz mar paraguaio
1986 1987 leminski bebado vivía aún
a travez de eli koñezî muita gente
entre ellos josely
más tarde jussara
y ainda máis tarde duglas dieguez
gran animador kultural (wb ê tan-veim didí)
akî tenho o manual de zoofilia
& bolero's bar
cuya dedicatoria em letra manuscrita perfecta diz
Para
Jorge Canese
,
estes textos que propositadamente fogem
à prisão dos gèneros e que se constituem
em síntese de vinte anos de colaborações
na imprensa brasileira.
O abraço e a admiração
do
Wilson Bueno
29/09/87



jorge canese / asunción

domingo, 20 de junio de 2010

No xardín de palabras e fermosura: pensando en Wilson Bueno dende Montreal



Sewatahon'satat. Como pode ser, que xa non estás no teu lugar, Wilson! Que só existes agora no teu Mar, no teu Jardín. Na miña mente e nas lembranzas de moit@s. And in your texts, in the borders of languages, in the difficult and joyful foment of languages that is Brazil and you, and that connects you to my place, Montréal, also a foment of languages.

I encountered Wilson Bueno pola primeira vez in a text from his Jardín Zoolóxico, “O Agôalumen,” in a French translation sent to me by Andrés Ajens not from Brazil but from Chile. It was only ten years ago, a bit less than 10 years, and Andrés’ email of September 21, 2000 is still in my computer, with the bizarre accents of software that in those days only spoke English letters, or got confused.


Olinda, quinta feira

Hola Erin,

je te fait parvenir en attach. un monstre sympa (un monstruo bueno) qui m¥est envoyÈ Wilson, un autre Wilson, non pas Carl, mais Bueno, mon avis un des meilleurs Ècrivain brÈsiliens de hoje (superbe, son livre: Mar paraguayo). Bueno, el francÈs... un peu castellanisÈ, bien entendu. VocÍ va gostar...

AndrEu


Si, gústoume moito a peza de Wilson! I then read Wilson’s Mar Paraguayo in Montreal, sent to me by Andrés in a copy signed by Wilson, as the year changed from 2000 to 2001, and I was amazed and captivated. O portunhol foi unha descoberta para min, un idioma mixto nunha época onde aínda estaba escribindo O Cidadán, un poemario en inglés con frasas e palabras en francés, castelán, galego, – idiomas que afectaron e que afectan o meu inglés. I could never live in just one language.

E quería intentar de verter anacos do seu texto en “inglés,” ou non en inglés, nun equivalente invertido do noso franglais local (que emprega palabras inglesas con estructuras franceses), complicado yes yes por palabras de mohawk, de la langue kanienkeha, parlée par un groupe important d’autochtones en Québec, para traducir o guaraní… mesmo se en realidade, en Quebec, non hai interlingua que contén o kanienkeha, un idioma que nunca penetrou o inglés salvo en nomes de lugar). It was an enormous challenge to translate Wilson, un reto enorme, enorme, porque non coñezo o mohawk e só podía ter aceso a través uns dicionarios moi limitados no Internet (non recibín nin unha resposta ás miñas tentativas de atopar axuda da comunidade mohawk)…

I should write in English, for my grief is in English. An English that is not my language, that was never my language, but that is, it is the one that was taught to me, in which I was taught.

I should stop thinking in three languages at once, my three languages, porous in me.

The fact that in losing Wilson Bueno, Brazilian letters have lost a singular and critically significant voice, is beyond question. But English also loses, and my literature to the north, Canadian literature, loses when someone like Wilson Bueno is no more. His writing gave me courage, it was and is a companion writing. And I’ll miss the companionship of Wilson’s emails, his insistence that I translate, one day, more of Mar Paraguayo, his gentleness and generosity in exchanging books and words across all that divides north and south. Wilson, aínda existes! You still exist because you have to, Wilson. You still exist because you are too stubborn to go away and leave us. And yet you are gone, Wilson!!!, gone when you shouldn’t have had to go.

I’ll end with a small excerpt from Mar Paraguayo, “Aquiduana afternoon” from the Oxford Book of Latin American Poetry, where I finally was able to translate a few pages of Wilson Bueno successfully and bring them to a world that reads in English. It is his voice that surges up, southern, from beneath my northern voice, contaminating English in such a beautiful and urgent Wilsonian way. Addressing us with the fatigue of metals, the hour of disgraces, the lamp, the blood pressure, and the need to sing a new zany song, even if we never feel complete….


La fatigue des métals, l’oeuf de l’oegg du scorpion, the vigil, the tacit meat made a yoke, inheritance d’adulthood, what’s spent, les years, moitié ville, moitié vie, the scorched alley, rivière ébulliante de cinquante winteres, the dark face of exhausted blood, kidneys already failing, la pression artérial, nettle and paprika, the point, the sea, le cap, la mer, the facte and the cape of good hope, those lost in the brambles, the fact, the arc du sinistre, les pallid ones, dusk, our chambre, notre maison, all khe'kenhren'stha', the humblest lamp, our bed, the amputated sexe that still itches. And I choke it, the flaccid, le flou, the hollow of the hollowe of the middle, it’s all in half-light. And there’s worse: demain il faut que je me chante a new zany chanson, and maybe I will feel complete as are toutes the stations of the Hour of Disgraces.


20 June 2010

erín moure / montréal


sábado, 19 de junio de 2010

Palabras para Canoa


Wilson Bueno sigue la línea de escritura de Guimarães Rosa, en el sentido de que recrea un habla rural y campesina, un habla de campo adentro, de contundente efecto poético, con dejos de guaraní, sea en las expresiones, sea en la topografía. Pero Wilson, más allá de ese habla brasilera condicionada por la vida rural, el pasado indígena, los nombres de lugares, accidentes, ríos, recrea el impacto de las fronteras de Brasil con Argentina, con Paraguay, con la Banda Oriental (la “Cisplatina”), y su portugués se mistura, se contamina, de castellano. Canoa es otra entrega del maestro que nos dio Mar Paraguayo, un parteaguas de la lengua poética del continente. La escansión de términos guaraníes otorga al escrito un efecto rítmico poderoso, incantatorio. No sabemos en qué siglo vive o vivió quien cuenta estos relatos, que parecen acarrear el rumor del tiempo, el misterio de un eco lejano, un habla de las abuelas, que inserta devociones antiguas y miedos ancestrales. Más un efecto humorístico sutil, a causa del desfasaje entre idiomas, y del desfasaje también entre el habla ancestral y la sofisticación “moderna” de la sensibilidad. Canoa hace pensar en el relato “La tercera margen del río”, de Guimarães Rosa, donde un hombre decide abandonar a su familia y su vida en la tierra, para embarcarse en una canoa que mantiene en el corazón del fluir, en medio de la correntada, un palpitar del tiempo sin tiempo, un palpitar continuo “que va a dar a la mar, que es el morir” (Jorge Manrique). En el cuento de Wilson Bueno, ya nadie tripula la canoa. Nadie se hace cargo de esta posición alerta de testigo central de la vida. La canoa sigue sola, de río en río, atraviesa las circunstancias pavorosas y las amenazas y mortandades de hombres y de bestias, recorre el surgimiento y terminación de todo. La canoa vacía se desliza en busca de su tripulante, nombrado como Él (con mayúscula). ¿Es Él un antiguo amante, que ha penetrado esa cavidad hueca de la canoa? ¿Es un destinatario virtual del eros del relato, de un encuentro siempre pospuesto? ¿Es Él una fuerza divina inmortal que motiva el viaje, con la perspectiva esperanzada de un encuentro salvador?


roberto echavarren / montevideo

Un amor a última vista


Wilson Bueno, poeta y lujurioso gaucho-beduino-afro-hispano-guaraní. Su anónimo nombre: Água lume, monstruo marino y aéreo capaz de volar a considerables altitudes y retornar intacto al fondo de las aguas. Su altazor: un mar donde nadie lo esperaba, en una tierra donde todos lo deseaban. Sólo se sabe de su vida que cambió varias veces de “estado” sin abandonar la mixtura aberrante de la lengua y la insistencia de la comicidad desenfadada. Signos particulares: viajaba sin moverse de su sitio. No adhirió jamás a las lenguas mayores. Deseó pertenecer al canto del seco norte, acuoso de lengua, como el de Guimarães Rosa. Desde Primeiras Estórias (1962) a Meu tio Roseno, a cavalo (2000), nunca abandonó la irrupción de los acontecimientos, las constelaciones, los incorporales y las paradojas que atraviesan la existencia. Evitó la fealdad moral y se dedicó a la zoología. Quizás, será recordado por sostener la poesía en la prosa, como una microscopía especializada en espirales. Gustó de las singularidades que nos toman a contrapelo. Ilustraba lo que él mismo escribía: que hay vidas en las que las dificultades cotidianas se deslizan sin cesar a través de un teleteatro trágico y por una ortografía errática. Así vivió yendo más lejos de lo que habría creído poder.

Explicó a poetas y filósofos que su constancia casi obsesiva sólo buscaba una criatura microscópica, juguetona y feroz, como el Brinks -el acontecimiento de Mar paraguayo- para poder huir de la representación y del sentido. Brinks’ michimirá’ itotekemi es la criatura como pura afirmación del afecto imperceptible, del gesto que aglutinando sufijos alcanza una presencia resbalosa en la lengua y una ausencia del objeto. Invisible, el Brinks, dice de una existencia humilde, precaria, y sólo por ello, suntuosa, intensa, vertiginosa y escurridiza. Se dirá que esas cualidades definen a uno de los más grandes escritores de frontera, un maestro del dialecto y del desliz entre idiomas. A veces fue perseguido por su desenfado, otras por ser objeto de una envidia que jamás cesó. Despreciaba esas miserias, a causa de una alegría paranaense confesa, la de inventar especies, espacios y pueblos. Esa linde arrojó dos grandes al mundo: Paulo Leminski, el experimentador de Catatau y Wilson Bueno, el inventor de Mar paraguayo. De modos distintos, cada paranaense sedujo y arrastró con el movimiento que describe.

Wilson Bueno supo escribir “la vida –causticante y feroz. Unos días, tango; outros, puro bolero-canción”. De temperamento altivo, sólo soportaba el pueblo de las márgenes. Su ironía fue formidable, su humor rastrero, un rayador. Una dicción por momentos lenta y dulce, irrumpía cortada por el torbellino nervioso de las mezclas. Su voz fue comparada con la de un brujo, como la de aquel otro chamán Néstor Perlongher. Una vez frente a él le pregunté en un hotel de São Paulo antes de que partiera a Curitiba, ¿cómo conociste a Pelongher? Contestó seco y sonriente: “por teléfono…”, después corrigió: “me envió una carta a la redacción de Nicolau, luego tuvimos una inmersión telefónica. Nunca lo vi, pero era como si nos conociéramos desde siempre”. Noble y veloz, siempre supe que sentía horror por todo gesto que menoscabe al otro y siempre vi en él un amante de las presencias invisibles.

Escribió mucho sobre imprevistos, torsiones y vértigos. Escribió sobre invenciones que perturban cualquier imitación. Fue hacia la “médula palpitante de la lengua” para tratar de infiernos, de amores y de monstruos. Entre el lujo resplandeciente de jardines zoológicos y manuales de zoofilia, se imprimió una única insistencia en su escritura: el amor. Esa solitaria rosa en el desierto. Escribió “ô el simple sentimiento odioso de que es impossible, de que es impossible uno vivir sin que caiga y se levante, sin que levante-se y se caiga de nuevo. Recorriente, sombría compulsión de los devotados a lo áspero oficio de uno querer sin conta y sin frenos…

El vértigo de su escritura y su estela, es para mí como su imagen partiendo a Curitiba: un amor a última vista…

junio de 2010



adrián cangi / buenos aires


(clickear la imagen para ampliarla)


viernes, 18 de junio de 2010

El piso se mueve

Sobre Mar Paraguayo, de Wilson Bueno, tsé-tsé, 2005, 97 páginas


Dice Kristeva que todo tema ficcional es, por definición, un desafío al significado único. Esta descripción pertenece al dominio del recurso crítico, pero no deja de ser ilustrativa, aunque sea por analogía. Mar paraguayo, de Wilson Bueno (Jaguapitá, Brasil, 1949), en ese paralelo, elabora una escritura que desde el comienzo plantea una impugnación a los sentidos en forma de amalgama, para no utilizar la insustituible fórmula perlongheriana de la “sopa”, lo que provoca al mismo tiempo la idea de estar leyendo un escenario lingüístico que nos acomoda (e incomoda) sin miramientos en la ajenidad. Desde el vamos estamos afuera. Pues, entremos.

Para evaluar la originalidad de este libro habría que decir, en principio, que no expresa ley de composición alguna, que se afirma en la inconveniencia. Y esa inconveniencia se instala desde el vamos en la superficie de la lengua. Pero, ¿es suficiente decir esto? Es decir, ¿alcanza con diagnosticar la parcialidad del mecanismo para referirse a un todo? A ver, Mar paraguayo, ¿qué es?: ¿un cruce de lenguas?, ¿una mixtura de palabras en el soporte limítrofe?, ¿todo eso al mismo tiempo? A mí me parece este libro una fábula amorosa contada desde el passagem haroldiano de un contrabando sin pausas, pero construido tan de prisa, que en el tránsito entre una frontera y otra (del lenguaje, de Estados, de estados del lenguaje) se pierden requechos de mercadería. Después, alguien las fue recogiendo y organizó como libro, y de ahí la sensación de que Mar paraguayo es un libro de libros, una fusión de tradición oral y a la vez un rejunte de dispositivos, que otorgan al lector la certeza que el piso lingüístico al que se enfrenta está en permanente movimiento. Triple medianera.

La importancia de este libro no reside sólo en su fuerte posicionamiento experimental, sino en la fuerza con que el infierno de vocablos de uso común, revitaliza una escritura baja que interesa de lleno en una estructura mayor, en una propuesta que trabaja sobre el sincretismo cuando parece atomizarlo todo. Wilson Bueno fumiga el piso de la lengua para intoxicarnos; nosotros somos los insectos molestos que intentan, por costumbre, desidia, conformismo a veces, organizar la lectura para enderezarla. El texto de Bueno es un ejercicio de descentralización del vistazo, que no se queda en la provocación porque no es su destino enfrentarnos, sino religar la mirada, apuntalarla hacia otra forma de densidad, o de espesor del idioma. Este lenguaje representa en cada caso el trastorno y la transferencia existente entre el modelo ideal y su inversión.

No es reiterativo decir que el libro de Wilson Bueno es ante todo una microscópica teoría del signo. Como se sabe, el signo no designa ni identifica, pero sí muestra. Eso es lo que sucede en Mar paraguayo. Todo en ese libro gravita en saber por qué el signo comprendido de ese modo, es lenguaje. El principal requisito de esa operación consiste en hacerse una concepción poética del lenguaje, y no técnica o científica. La ciencia supone la idea de una diversidad, en las que habría que poner orden captando sus relaciones virtuales.

Pero, por el contrario, en el texto de Wilson Bueno se consideran sólo tres lenguas, como si fueran únicas en el mundo: dos vivas (español y guaraní), y una tercera interviniendo en la primera, inspirando aglutinaciones de la segunda en la primera. Se diría que esa lengua anexada, es decir, el portuñol, hace sus variaciones en el castellano de Mar paraguayo. La lengua inventada (no inventariada) afecta a la actual, que provoca bajo estas condiciones un dialecto todavía por llegar: las tres lenguas son enajenamiento, y así detonan y se reparten. Por otra parte, el guaraní funciona como una auténtica incrustación fonológica, que se desplaza hacia los diminutivos (el perro Brinks, derrapándose en pequeños núcleos tupí, y logrando de cada frase una formación ferroviaria de fonemas), las cacofonías, las onomatopeyas, etc.

Otro punto: los trabajos críticos que rodean la obra. Lo que sucede en la muy cuidada e impecable edición de tsé-tsé, no conforma además una simple reunión de textos acerca del libro de Bueno, sino una convocatoria cubista a través de cuatro miradas conforme un punto: Néstor Perlongher, Reynaldo Jiménez, Andrés Ajens y Adrián Cangi, serán quienes privilegian la búsqueda del autor brasileño, que es la propia research de estos autores devenidos críticos. Rodeando el contorno mismo de ese mar paraguayo, ellos también se vuelven incrustaciones atemporales en la línea de flotación del balneario de Guaratuba, donde acontece la obra, la historia de la marafona, la perversión delictiva en torno a la marginalidad lingüística y sexual que se impone en sucesivos perímetros del habla. En esos cuatros textos hay una topología que prorratea sentido en series heterogéneas; y por esa misma razón, es que existe una política de la lengua que no sólo es devenir sino foco de amotinamiento. Como parte de una puntuación que privilegia los dos puntos, en la medida que eso conforma una puerta abierta hacia diversos sonidos de la frase, el libro de Wilson Bueno no puede pensarse sin un prólogo, un posfacio o un trabajo que acompañe sin glosar el estallido de la lengua. Si un mar en Paraguay es de por sí un verdadero acontecimiento ficcional, no lo será menos cualquier texto paralelo al libro. No hacen falta explicaciones, pero sí trabajos críticos que muestren hasta qué punto un libro de quilates consigue contaminar hasta la mirada más aguda.


mario arteca / la plata

Uma Conversa com Wilson Bueno




Fábula escrita na zona de sombra, na fronteira entre o vivido e o sonhado, a obra de Wilson Bueno é uma vasta mitologia que nos seduz com seus jogos de jogar. Alegoria, caldo tropical que mescla idiomas e culturas, o erudito e o popular, a ficção desse autor insólito configura um barroco mestiço. Porém, como toda grande literatura, transcende a arquitetura verbal, em busca da compreensão da aventura humana. Wilson Bueno, que nasceu em 1949, na cidade de Jaguapitã, no interior do Paraná, publicou, entre outros, os seguintes livros: Bolero’s Bar (1986), Manual de Zoofilia (1991), Mar Paraguayo (1992), Cristal (1995), Jardim Zoológico (1999), Meu Tio Roseno, a Cavalo (2000), Amar-te a ti nem sei se com carícias (2004), Cachorros do céu (2005) e A copista de Kafka (2007), todos de ficção, além dos volumes de poesia: Pequeno Tratado de Brinquedos (1996) e Pincel de Kyoto (2008). O autor editou por oito anos o lendário jornal literário Nicolau, um marco na história do jornalismo cultural brasileiro.



Você nasceu em Jaguapitã, cidade que fica a 50 km de Londrina, no Paraná. As lembranças de sua terra natal, dos relatos ouvidos na infância, estão presentes em seus livros? De que maneira?

Wilson Bueno — Sem dúvida. As histórias inventadas (ou reinventadas...) por tias, avós e sobretudo por minha mãe, uma contadora de história por excelência, estão presentes em minha escritura e, por extensão, em todos os meus livros, mesmo naqueles onde radicalizei dentro de uma proposta estética, digamos assim. Tenho para mim que o imaginário será sempre o resultado feliz desta mescla de vivências e mitologia pessoal. Estamos sempre contando histórias dos outros, ainda que estas sejam histórias profundamente nossas e que só não são dos outros porque as descobrimos primeiro...


A sua prosa de ficção utiliza recursos do texto poético, como os jogos sonoros, imagens de alto impacto e invenções de linguagem, resultando em esmeraldas vivas. Qual é a fronteira entre prosa e poesia?

Bueno — Tudo é a arte da poética, a meu ver. Escrevo assim, sempre escrevi assim. Não sei escrever sem ser íntimo. A prosa retém a poesia e é por ela gerada, num processo que aspira, antes de tudo, a ser livre. Acho que a literatura pode ser o máximo de liberdade que desfrutamos sobre a Terra — e eu quero amar o amor da escrita, o gozo epifânico de sua irradiação. Eu não consigo escrever dividido, amarrado pelo cânone e pela norma. Ora, se aquilo ali é o meu mais exasperado espaço de liberdade, é nele que devo me pôr a vigir. E tudo é a poesia das coisas. Viver já é um ato poético em si, para lembrar Hölderlin. E, dos atos poéticos, o que, convenhamos, requer de nós mais coragem, bravura, heroísmo – chame do que se quiser chamar ao desassombro. Indispensável para que sobrevivamos à perplexidade de nos flagrarmos vivos.


Em várias de suas novelas, há citações da língua e do imaginário guarani, não raro mesclados ou transfigurados por sua própria criação fabulatória. Quando começou o seu interesse pelas culturas dos índios? Você é um estudioso do folclore das nações indígenas?

Bueno — Não, não me considero um expert indigenista, digamos assim. Minha curiosidade com relação ao tema às vezes penso que seja anterior a mim mesmo... Nasci no sertão, aquele tempo, — e nem faz tanto tempo assim —, que o Paraná tinha sertão — a floresta virgem, a fauna nativa quase intocada. Sou bisneto de índia guarani com alemão. Imagina a mistura... Minha bisavó, (mãe de minha avó materna, esta uma bugra de olhos azuis e que comia com as mãos), foi caçada a laço no interior paulista por um germano de fuzilantes olhos azuis. Faço uma pequena homenagem a este meu bisavô em Tio Roseno e claro, bem mais evidente, à minha bisavó índia. A coisa índia está em mim quase como uma segunda pele, sou um bugre angustiado, perplexo olhando as árvores da rua, os automóveis, o trânsito vertiginoso.


Como é o seu processo criativo? Você escreve todos os dias? Elabora o enredo antes de escrever, ou desenvolve a narrativa durante o ato da escritura? Como surgem os personagens? A linguagem molda a elaboração fabulatória, ou as palavras seguem o ritmo da história?

Bueno — Curioso, penso que não escrevo nunca... Estou o tempo inteiro me culpando e me cobrando, mas estou ali escrevendo, escrevendo, escrevendo... São caderninhos, cadernões, agendas, folhas soltas, guardanapos.... E quando não estou literalmente grafando estou pensando no que grafar, como grafar, de que modo grafar. E entre uma coisa e outra estou sempre numa festa constante com as poucas pessoas que me são íntimas, esquecido de que exista a Literatura, e me culpando de que não esteja escrevendo... Sou um preguiçoso olímpico, desses que mourejam noite e dia... Mas acho que é porque encontrei um modo mais leve de exercer o ofício — vou escrevendo sem grandes pretensões a não ser a de fazer coisas que me dêem a satisfação plena de que eu esteja, quem sabe, capturando o improvável...


Jorge Luis Borges disse certa vez que a literatura vem da literatura, do infinito oceano da linguagem. Você concorda com a sentença do viejo brujo? Em teu caso, quais os livros e autores que marcaram a tua formação como escritor?

Bueno — Concordo em gênero, número e grau com Borges para quem a literatura só tinha sentido se embrujada. E era ele quem nos indicava que abandonássemos, até mesmo de vez, em definitivo, os livros que não nos fossem prazerosos, isto é, encantados. São muitas as influências mais que acachapantes em minha vida, até aqui, porque sigo me apaixonando perdidamente por novos velhíssimos escritores (Ovídio, nos últimos meses...). E entre elas, eu citarei, assim a esmo, sem nenhuma ordem, Clarice Lispector, Guimarães Rosa, Kafka, Machado de Assis, Borges, Joyce, Cortázar, Cortázar e Cortázar e Hemingway, Gide, Shakespeare, e Calvino e Calvino e Calvino, nosso mestre. Além de toda a “mala”, pérfida e assombrosa literatura argentina – de Madariaga a Lamborghini, de Cesar Aira a Néstor Perlongher. E os contemporâneos brasileiros — Noll, Bernardo Carvalho, Nassar, Hatoum — príncipes da prosa brasileira...


Meu Tio Roseno a Cavalo, que você acaba de publicar, é uma novela ambientada na região fronteiriça entre Paraná, Mato Grosso do Sul e Paraguai, onde ocorreram lutas entre tropas de jagunços, que você chama de Guerra do Paranavaí. Fale um pouco sobre essa obra.

Bueno — Acho sempre limitador falar de um livro que já está escrito, e publicado. Tudo o que pretendi dizer já está lá, já está dito. Tudo o que eu lhe disser agora será redundância, variações sobre o mesmo tema. Também o que pretendi dizer se eu não alcancei dizê-lo, debite à dificuldade então do livro “comunicar” o pretendido. O que posso dizer sobre Tio Roseno, e talvez isto acrescente alguma coisa é que, de todos os meus livros, foi o mais pensado, o mais projetado. Até mapas eu tracei para demarcar o périplo de nosso tio humilde do sopé da Amambaí às barrancas do Paranapanema. E talvez dizer ainda, também, que com ele expressei o desejo de ir à raiz molecular da narrativa que é a fábula. É um livro claro, fácil, límpido. Qualquer colegial há de lhe decifrar a tessitura, ainda que ele guarde chaves, “ciladas”, “citações” que só os leitores obsessivos consigam alcançar. Pus de um tudo ali — de mitologia grega a ponto de candomblé, de modinha caipira a adivinha cabocla, de Verlaine a Baudelaire, todos os Bilacs e toda “la mala literatura” que pude pôr, esta na qual os argentinos, nossos vizinhos, são prodigiosos...


Em Mar Paraguayo, você mescla os idiomas português, espanhol e guarani numa escritura paródica, polifônica, de um barroco mestiço. A confluência de universos lingüísticos é metáfora da feijoada cultural brasileira, que assimilou os mais diferentes temperos? É também um sinal de aproximação com o mundo hispano-americano?

Bueno — É bem isso. Digamos que o Mar intenta espelhar a democracia e a proliferação das linguagens. Uma contestação em si aos rigores clássicos, às camisas de força de um fazer literário que se impõe a nós, desde muito antes de nós mesmos. Com o Mar eu pretendi romper com tudo isto — inclusive com a angústia da influência, misturando tudo numa mesma e assumida “sopa” literária, Joyce e Puig, José de Alencar e Machado, Neruda e Octávio Paz. É, penso, uma declaração de amor à literatura, ao gosto de fazê-la. Aliás, acho, e somos sempre os piores juízes de nós mesmos, que todos os meus livros, antes de tudo, expressam ou procuram expressar isto – a alegria (que não dispensa a angústia...) de fazer literatura, de escavar a bruta pedra atrás da joia mais preciosa.


Esta novela é um monólogo que mistura elementos eruditos e populares, como a canção de cabaré, o melodrama e o fluxo de consciência joyceano. A fusão é uma tentativa de superar, dentro dos limites do discurso textual, os limites entre os repertórios culturais?

Bueno - Creio que sim. A resposta à pergunta anterior penso que já é uma tentativa de dar conta da questão. A multiplicidade de discursos e de repertórios no Mar é, a meu ver, o exercício pleno desta “democracia” de que falei te respondendo à outra pergunta, mas que vale, sim, ser repetido. É a vivência do diverso no seio mesmo da diversidade, a errância (lato sensu e metaforicamente), a indeterminação geográfica (expressa até mesmo no título... O Paraguai, sabemos, não tem mar... O “mar” do Paraguai é o balneário de Guaratuba, no Paraná, onde se passa a história... História?...), a ambiguidade, o mix contaminante e contaminador das línguas e também a sua prosa-em-abismo é que fazem do Mar, de todos os meus livros, seguramente o mais amado e estudado. E estilhaça, sim, com as molduras – se não erro ao exercer a vaidade de falar de mim mesmo...


O que representa Cristal, dentro do conjunto de tua obra? Fale um pouco a respeito deste livro.

Bueno — Curioso, o livro Cristal tem escassa fortuna crítica. Entre as poucas reflexões, que eu me lembre, há uma, consagradora e muito lúcida do Jairo Arco e Flecha, e uma outra, brilhante, de Jamil Snege, mas é só. É, contudo, acredite, um livro que circula, por exemplo, entre a comunidade hispânica de Nova Iorque, em cópias xerox destrambelhadas... Aquela gente toda tentando vencer o cipoal de nossa língua para entender a história da Velha e de seu “anjo”, Ananias, travestido de menina por cinco anos jesus infindos, em razão de uma promessa religiosa...É um livro triste, eu diria. Um livro profundamente triste e quase desesperado. Nem o patético o salva posto que não gera aquela comicidade irrefreável que o dramalhão provoca, por exemplo, no Mar. Neste sentido é um livro que curiosamente bate de frente com Mar Paraguayo. Não tem dramalhão, só tem “drama” e ao se circunscrever ao “drama” ganha em “classe”, digamos, mas perde fragorosamente em humor. Mas eu amo muito Cristal, é um livro pelo qual eu tenho uma enorme afeição, mas não escreveria jamais algo parecido, embora goste muito daquele clima faulkeriano que, acho, consegui passar ao relato. Ou que tentei, ao menos...


O Manual de Zoofilia é uma coleção de relatos, ou poemas em prosa, notáveis pela riqueza metafórica, construção melódica e ruptura sintática. Aqui, você criou uma teratologia onde os animais são figuras de um discurso sobre a paixão erótica. Como surgiu essa obra?

Bueno — Eu sempre desejei fundir, num mesmo espaço de reflexão, a “grafia” animal e a paixão erótica humana. Em Manual de Zoofilia fica evidente o quanto de irracionalidade comporta nosso discurso amoroso. E para dar viva voz à esta i-racionalidade fui buscar nos bichos encantos e sordidezas, grandezas e patifarias para transubstanciá-los, usemos este verbo pedante, a partir do tesão, da cópula, da paixão viciosa e viciada em que, humanos, nos amamos, muitas vezes, do mais escuro ódio.


Em Jardim Zoológico, você faz um outro bestiário reunindo narrativas de criaturas imaginárias, à maneira de fábulas. Aliás, na epígrafe, Augusto Monterroso diz que os escritores devem "retomar, cada qual na medida de seu talento, a inventiva tarefa que começou com Esopo". Qual é o sentido de escrever fábulas, nos dias de hoje?

Bueno — Fabular é ir além da história, da história com H, demarcada e demarcante, ciosa de suas datas, espacialidades, factual e militante. É na fábula que a epifania literária se consome e se completa. Fabulosos e fabulantes — de Shakespeare (Sonho de Uma Noite de Verão) a Ítalo Calvino (O Barão nas Árvores), para citar aí as fábulas de minha mais estreita paixão, a fábula dá a medida embrujada da literatura. Há uma inocência primeira na fábula e junto com ela o encanto original da velha ars literaria...


Em Os Chuvosos, você criou um divertido texto voltado às crianças. Você pretende se dedicar mais à literatura infantil?

Bueno — Não pensei direito nisto ainda... Eu diria que Os Chuvosos se destina, ao menos este é o meu desejo, a leitores dos 0 aos 100. E tem sido esta a recepção dos escassérrimos 50 exemplares “fabricados”, um a um, à mão, como se fossem gravuras. Gente de todas as idades fica encantada com este livro. Mas ali tem o toque mágico da Jussara Salazar que reinventa o texto e faz dele no papel uma literal fulgurância.


Mudando um pouco de assunto, você criou e foi o editor do jornal literário Nicolau, que marcou época e ganhou vários prêmios no Brasil e no exterior. Fale um pouco sobre essa experiência.

Bueno — O Nicolau é uma longa, longuíssima história. Eu costumava dizer que eu e minha mínima equipe (Fernando Karl, Joba Tridente, Angelo Zorek) integrávamos o último bastião romântico do jornalismo brasileiro. Fazíamos o jornal à mão e conseguimos reunir em torno deste que foi o último dos moicanos, a viva inteligência brasileira. De Millôr a Haroldo de Campos, de Adélia Prado a Hilda Hilst, Nicolau foi um momento bonito da inteligência brasileira. Como classificou o Jornal do Brasil, numa então memorável matéria de página inteira, aquilo ali era o mais autêntico “carnaval de ideias” de que possuía o País naquele dado momento. Ganhamos todos os prêmios, ousamos, brigamos, polemizamos, esperneamos e de batalha em batalha conseguimos emplacar oito anos de ininterrupta circulação nacional. Dia desses, a demonstração de que a batalha valeu a pena – recebi a visita de um menino de vinte anos, do Rio Grande do Sul, estudante de jornalismo, que estava fazendo uma monografia sobre Nicolau para apresentar em classe. E fiquei muito contente quando ele me disse, com todas as letras, que era da segunda geração que lia o Nicolau — esta que sabia da publicação somente através dos arquivos. Mas a paixão dele pelo jornal não diferia em nada da dos leitores do nosso tempo... Parece que há uma tendência a colocar toda coleção de Nicolau, suas 56 edições, para que seja consultada na Internet... Se não o fizeram ainda, fica aí a dica...


Como está a literatura brasileira, hoje? Há novos autores interessantes?

Bueno — A literatura brasileira sempre foi e será uma literatura muito interessante. Um país que produziu, para ficar em dois nomes, Machado de Assis e Guimarães Rosa, só pode ser dono de uma grande literatura. Há muita gente trabalhando a sério no país, pensando grande, mas há, como sempre, a ratatuia da política literária que em vez de somar, subtrai, torce contra, sem ética nem estética. E aí a ratatuia não tem tempo de fazer literatura e só faz ratoagens...


No Pequeno Tratado de Brinquedos, você reuniu poemas que dialogam com a forma do tanka, o poema japonês de 5 versos, que é a gênese do haicai. Você pensa em publicar outros volumes de poesia?

Bueno — Não. Não tenho a menor intenção de publicar um novo livro de poesia estrito senso. O Pequeno Tratado eu o considero a minha suma e a minha súmula. Desejei homenagear uma das nascentes da poesia — o Oriente, e foi o livro sobre o qual mais longo tempo trabalhei — um ano e meio para arrancar 58 tankas, apenas, de cinco versos cada um. E só Deus sabe com que sacrifício. Tenho ainda, inéditos, mais 25 tankas, num livrinho chamado Pincel de Kyoto, sobras do Pequeno Tratado. Quem sabe, um dia, eu me incline a editá-lo. Mas repito — livro de poesia eu não penso para tão cedo.


O poeta cubano José Kozer, em parceria com Roberto Echavarren e Jacobo Sefamí, editou uma antologia de autores latino-americanos, chamada Medusário, que incluiu escritores brasileiros como você e Haroldo de Campos. Em sua opinião, não está na hora de haver maior intercâmbio entre as literaturas brasileira e latino-americana?

Bueno — A inclusão de 18 páginas de Mar Paraguayo no (rigoroso) Medusário, editado pela Fondo de Cultura Económica, na Cidade do México, e distribuído para todos os países de língua hispânica, foi uma coisa que me honrou muito e que continua me honrando. De brasileiros, além deste vosso escriba, só Paulo Leminski e Haroldo de Campos. O intercâmbio, claro, deveria ser maior, bem maior – de parte a parte. Já foi maior o isolamento, mas aos poucos acho que isto está melhorando, sobretudo depois da Internet e de iniciativas louváveis de reunião de escritores como as empreendidas por Luis Bravo, no Uruguai e, mais recentemente, Jorge Montesinos e Douglas Diegues, em Assunción, no Paraguai, sem deixar de citar Reynaldo Jiménez com aquela brilhante e generosa edição da argentina tsé-tsé dedicada a 30 poetas brasileiros.


(Entrevista publicada em 2000

no Suplemento Literário de Minas Gerais.)



claudio daniel / são paulo